Mi nombre es Pepi, soy un pepino. Me trajo la cigüeña en 1983 pero apenas puedo recordar algo de mediados del 86, mi vida no fue muy dramática, pero tampoco fue aburrida, vivo con adrenalina, al límite, como quien diría. Corría la primavera del 87, yo estaba en una verdulería de Santiago del Estero cuando conocí a Marta. Fue sin lugar a duda un amor a primera vista, ella me contemplaba con fascinación y después de una breve pausa en la que contó la plata del monedero, estábamos juntos para siempre.
Desde el primer momento supe que Marta no era una de esas impiadosas bestias veganas que masacran a mis colegas, lo vi en sus ojos, ella era algo moralmente superior, una coleccionista de almendras. No un coleccionista cualquiera, sino una que no pudo hacer nada ante mis encantos. Cabe aclarar que no soy un pepino ordinario, soy premium, pura raza. Un fuera de serie.
Aquella noche fue nuestra primera vez, en realidad también debería remarcar que fue "su" primera vez, yo ya había tenido experiencias anteriormente con una chica de 21, bastante inmadura por cierto, llamada Antonela, y con un muchacho envuelto en la curiosidad, él se llamaba Mariano, sus amigos le dicen el oso, aunque ellos no lo conocen tan íntimamente como yo. Volviendo a Marta, nunca había acariciado piel tan suave en mis por entonces 4 años (4 años de pepino equivalen a la madurez de un hombre de 24, un año de pepino son 6 de humano, la cuenta no es difícil) y recuerdo la imagen de sus pezones duros como dos panes viejos. Ella me pasaba sus dedos y su lengua, sentía su aliento a mandarina, un tanto sensual, un tanto paraguayo. Recuerdo cada instante de aquella noche de octubre cuando nuestras almas se fundieron por primera vez y la penetré con mucha suavidad, sus músculos se tensaban. Yo sé que a pesar de la prohibición que regía por esa época de tener relaciones sexuales entre seres humanos y seres pepinos, así como de pepinos y ovejas, o pepinos y avejas, sus nervios tenían raíz en su inexperiencia y los deseos de tener una velada inolvidable, y vaya si lo fue. ¿Cómo olvidar sus 95 kilos y un metro cincuenta y cinco absolutamente rojo y transpirado de placer? No, imposible olvidar una imagen que remita de tal manera a la lujuria y a los placeres más oscuros y perversos.
Yo no sabía que Marta era insaciable, y pronto lo nuestro comenzó a tomar otras dimensiones, se ponía ropa interior con tachas, me llevaba al baño de la panadería donde trabajaba, no se lavaba las manos... Lo hacíamos todo el tiempo, en todas partes. No quiero alardear, pero mis medidas son 23x8, y Marta sabía que no en todas partes iba a conseguir a uno tan especial como yo. Hace un año ya no estamos juntos y escribo esto porque la extraño.
Hace un mes empecé a ir al gimnasio y no paro de ver culos todos los martes, ellas no son mi Marta, ¿dónde estás amor? Volvé...