miércoles, 30 de marzo de 2016

Jueves 31 de marzo de 2016

Tengo ganas de escribir algo mientras me cocino unas patitas, porque hambre, bronca, sueño y demencia.


Subí cada uno de los escalones, uno más pesado que el otro. Un paso y un pasito, levanté la vista y junto a la puerta veía un número uno de bronce brillante clavado en la pared.
 -Todavía falta un piso - mis piernas cansadas hicieron caso omiso a mi queja y siguieron subiendo hasta llegar al hall del piso 2.
 El picaporte no estaba frío, y no tenía por qué estarlo, era un día un poco caluroso, aunque en mi cabeza ya había empezado la temporada de los primeros frescos.
 Si hay algo que uno hace cuando está solo y tiene algo de imaginación, es pintar escenarios factibles y sobre todo, no-factibles, a medida que camina y abre puertas. Es casi un mecanismo de defensa contra la rutina y la normalidad absurda.
 Fue un golpe seco cuando vi un brazo encallado en un charco de sangre al abrir la puerta de mi departamento, hubiese corrido al baño a vomitar pero no me animaba a entrar al baño ya que estaba obstruido parcialmente por un torso todo cortado. La escena era indescriptible, por eso no voy a dedicar mi tiempo en contar cómo limpié el desastre que dejaron los ninjas bolivianos en mi departamento, ni cómo hice para descubrir que eran ninjas bolivianos quienes asesinaron a mi hijo; en especial porque yo no tengo hijo, ni siquiera sé de quién se trataba el cadáver en mi hogar.
 Estoy triste porque terminó "Guapas".

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